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Guillermo Montilla Santillán, el autor
Camara fotoAMPLIARGuillermo Montilla Santillán, el autor
11/06/2010 - Libros

"Las dos muertes de Oliverio Puebla", una novela de Guillermo Montilla Santillán

Primer capítulo de "Las dos muertes de Oliverio Puebla", novela policial, del escritor y dramaturgo, Guillermo Montilla Santillán quien autorizó que se publicara, por capítulos, los fines de semana en este medio. A principios de siglo, en una pequeña ciudad del norte argentino un muchacho es cruelmente asesinado de un disparo en la frente en el interior de su residencia. Un misterioso crimen sin causa aparente en un recinto herméticamente cerrado por dentro.

Para ver otros capítulos ingresar a guillermomontilla.wordpress.com

Las dos muertes de Oliverio Puebla (I)

El Asesinato

(Primera entrega)

El 14 de Mayo La Muerte con un suspiro exhaló a la noche. Olvidó, curiosamente, la paciencia aprehendida en milenios y se lanzó a las calles fustigada por una pena. Antes, muchas veces, había hecho lo mismo, lo que sabía hacer: caminar el mundo marchitando formas, así nomás, como quien recoge flores en el campo. Decidió un crepúsculo, allá en lo profundo de las eras, volverse todo ciega y algo sorda, porque El Destino, a la sazón por tantos caídos, se tomó revancha y cuando todavía era capaz de ver, le prendó el dolor para que ella que era eterna, llorase agonías. Así que un día decidió volverse ciega, con un gesto sencillo, imaginándose hombre, se arrancó los ojos que nunca tuvo y ya no vio más. Cada tanto, sin embargo, quizás porque El Destino gustaba de jugarle bromas, en esas formas difusas advertía cosas y Ella que con ahínco alimentaba su ignorancia, que dormía tranquila en su constante no saber, escuchaba a su pena despertar adentro. Allí, en esas pocas ocasiones, lloraba por los que iba a marchitar y por los ya marchitos y maldecía su ministerio.

El 14 de Mayo bajo un cielo negro gimiendo una llovizna suave, rodeada de una docena de naranjos silenciosos, a La Muerte le fue revelado un nombre. Sentada como un chiquillo en el umbral de una casa, supo a quien besaría en los labios y lo observó caminar hacia Ella.

Ay hijo mío, dijo, si supieras hacia donde caminas, dejarías de silbar.

Luego rompió en un llanto agudo que enmascaró el viento.

Eran las diez y cuarto cuando el muchacho cruzó la acera desierta, sin apuro alguno, golpeando los charcos de agua que encontraba a su paso con la punta del bastón. Cincuenta y cinco minutos más tarde estaría muerto. Ahora en cambio silbaba fuerte con una sonrisa cincelada en el rostro.

Ay hijo mío, repitió La Muerte, si supieras.

El joven miró el cielo oscuro, se secó la llovizna de la cara con un pañuelo blanco y torció en la mitad de la calle Rivadavia, en un pasaje quieto oculto de la ciudad por una veintena de naranjos y unos cuantos faroles que mezquinaban su luz casi por capricho. Atrás de él, unos pasos guardaron silencio para que un sonido metálico pudiera escucharse claro. El muchacho no le prestó atención. Luego un coche a caballo traqueteó en algún lugar y la llovizna alentó el vuelo de un búho. Tampoco se percató de esto.

Que así sea, suspiró La Muerte y marchitó los signos.

El joven siguió camino, con unos cuantos pasos acortó la distancia que lo separaba de la puerta de su casa, con un movimiento suave sacó la llave del bolsillo de su chaleco, con un ademán preciso la introdujo en la cerradura. Para ese momento La Muerte ya le había robado diez minutos exactos a la vida.

- Haga el favor de guardar silencio y hacer lo que le digo.

Para cuando el muchacho escuchó la voz ya había sentido una suave presión en la espalda a la altura de los riñones. No le costó adivinar que se trataba de un revólver.

- De usted depende el evitarse un sangriento final, aquí, en medio de la acera.

No intentó correr, manso como un cordero preguntó con voz dócil:

- ¿Quién es usted?

- Le prometo que hablaremos de eso mucho más cómodos en el interior de su casa. ¿Abre usted o lo hago yo?

- Abro yo. -dijo el joven con determinación. Dio dos vueltas a la llave y empujó la puerta de hoja simple de madera.

- Aguarda aquí Ignacio y tenme al tanto si es que se presenta algún imprevisto. -habló el hombre a alguien cuya presencia el muchacho no había percibido hasta ese instante, y se adentró con él en las entrañas de la casa.

La puerta se cerró detrás de ellos. Después todo fue silencio, hasta las hojas de los naranjos dejaron caer las gotas de lluvia a hurtadillas.

- Encienda la luz del hall -fue una orden, pero una orden dictada con amabilidad, con delicadeza, toda la que le permitía un ligero acento sureño- No queremos que la gente sospeche que aquí pasa algo raro ¿no? Se imagina que si por alguna extraña casualidad un vecino nos hubiera visto entrar a usted y a mí y a pesar de eso no observara luces en la casa… bueno eso daría que sospechar ¿no? Y no queremos que eso suceda. Al menos no es mi deseo… me temo que el suyo difiere un tanto.

- ¿Quién es usted?

- Siéntese por favor. ¿Bebe algo?

El muchacho se sentó lentamente en el sillón de la sala. No se había quitado todavía el abrigo y  se aferraba al bastón con fuerzas, tratando de decidir cual sería el mejor uso a darle.

- ¿Qué bebe?

- Nada, gracias.

- Yo beberé coñac. ¿Le molesta?

El muchacho sacudió la cabeza.

- Quítese el abrigo, vamos. El abrigo mojado sobre el sillón es una tontería. Y deje el bastón en el paragüero. Es ahí donde lo deja ¿no? No queremos que alguien vaya a salir lastimado.

- Estoy bien así, gracias.

- Haga lo que le digo.

Trató un momento de resistirse a esa voz amable de modos refinados, se ordenó desobedecer, agitar el bastón como un sable y lanzarse a su destino, pero el cuerpo, en cambio, obedeció. Caminó hasta el perchero, se quitó el abrigo y luego dejó el bastón. Frente a él, la figura del extraño sentada en el sillón contiguo bajo la luz de la lámpara, le recordó el miedo y se sintió por fin frágil, pequeño y solo. De espaldas a su sobretodo, a su bastón, ahora además se sintió desnudo.

- ¿Quién es usted? -repitió fuerte.

- No es necesario hablar tan alto.

- Usted me prometió hace unos minutos que…

- Es cierto, le dije que dentro de su casa todo sería revelado y aquí estamos, en el interior de su pequeña residencia, que dicho sea de paso mantiene usted en muy buen estado. Limpia, bien decorada. Es extraño que un joven con su profesión pueda darse tantos gustos, buen coñac, buen vino, buena ropa. Siéntese por favor.

- Estoy bien así.

- Siéntese, hágame caso.

- ¿Quién es usted?

- Bueno ya que parece que es todo lo que le interesa, voy a decírselo. Aunque me temo que es la razón que me ha traído hasta aquí lo que verdaderamente debería importarle.

La Muerte, a unos pasos de distancia de ambos, miró la hora en el reloj de cadena del muchacho.

- ¿Y esa razón es?

- Su fin, claro está. Pensé que lo había adivinado desde un comienzo.

- ¿Mi…?

- Eso mismo.

Parado a unos metros de aquel hombre alto y desconocido, el joven reconoció su destino. Allí en ese instante preciso lo adivinó, como lo haría un oráculo y un coraje profundo le encendió esa vida que iba a extinguirse inexorablemente. Parado entre las sombras decidió ser lo que le quedaba, sin miedo y espantó el temblor de su cuerpo con una pregunta:

- ¿Por qué?

- Usted debería saber muy bien por qué.

Sus miradas se encontraron atravesadas por un silencio turbio. Luego el joven asintió conforme. Sentada frente al extraño reconoció a La Muerte y ya no se sintió solo.

- ¿Cómo será?

- Lo más rápido posible. Lo más simple. Créame que será el después lo que más tiempo ha de llevarme ¿comprende? Acomodar su casa, dejar las pistas para la policía, esconder mis huellas… ese tipo de cosas.

- Entiendo.

- Me alegra que lo entienda.

- ¿Puedo saber su nombre?

- ¿Por qué tanta obsesión con eso?

- Porque usted me lo prometió -dijo el muchacho con simpleza.

- Sea, se lo diré.

El 14 de Mayo La Muerte lloró un nombre. No el de un extraño que lento sacaba su arma, a ese no le prestó atención, en cambio lloró por el otro, el que nadie pronunció esa noche, ni las noches que seguirían por largo tiempo y lo besó en los labios para depositarlo en el suelo con brazos de madre. Luego salió de la casa y con un gesto, imaginándose hombre, se llevó la mano hasta los ojos para arrancárselos y no ver más, pero no pudo.

No todavía, dijo, no aún.

Y a pesar de la pena supo que debía ver más.

 


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